Para un niño pequeño, su casa es un parque de diversiones lleno de cuevas por explorar y objetos brillantes que probar. Lo que para nosotros es un simple adorno, para ellos es un desafío de escalada. La mayoría de los accidentes infantiles ocurren por una mezcla de curiosidad natural y falta de previsión en el entorno. Desde las caídas de la cama hasta las intoxicaciones con productos de limpieza que parecen jugos de colores, los peligros son reales pero manejables. La clave no es vivir con miedo, sino con preparación.
Organiza tu hogar «a la altura de sus ojos»: gatea por tu sala y descubre qué esquinas son peligrosas o qué cables están sueltos. Sin embargo, como los niños son impredecibles, saber primeros auxilios es la herramienta más poderosa que puedes tener. Saber cómo realizar la maniobra de Heimlich en un lactante o cómo limpiar correctamente una herida sin causar más daño marca la diferencia entre una anécdota y una tragedia. Mantener la calma es fundamental; un padre que sabe qué hacer transmite seguridad al niño, facilitando la atención médica posterior. Tu pediatra es tu mejor aliado: no dudes en preguntarle sobre medidas de seguridad en cada etapa del crecimiento.